Ergo Proxy (エルゴ プラクシー): un viaje en el tiempo, desde Romdo al pasado

Blog Visual

Más de una década después de su lanzamiento, “Ergo Proxy” (エルゴ プラクシー) sigue siendo una de las series más reconocidas y valoradas, todo un clásico de la animación japonesa. Hoy analizamos lo que se esconde detrás del fantástico argumento de este éxito, que va más allá de la mera ciencia ficción para adentrarse en ámbitos filosóficos y de la mitología.

Ver la entrada original 1.535 palabras más

Anuncios

Taketori monogatari: El cuento del cortador de bambú

Tal es la importancia de El cuento del cortador de bambú (Taketori monogatari) que la misma Murasaki Shikibu, autora del celebérrimo Genji monogatari, consideró a esta breve obra como “el padre de todos los monogatari”. Y no es para menos, pues este relato anónimo de principios del siglo X sentaría las bases para el género narrativo monogatari, que hallaría su época de máximo esplendor en el período Heian (794-1185).

Taketori Monogatari, (The Tale of Bamboo Cutter) by Ogata Gekko

Pese a que su título parece dar a entender que el protagonista principal de la historia es masculino, quien en realidad marca el ritmo de la narración no es otra que una mujer, la princesa Kaguya, fémina poco usual para los cánones de la época, pues a su carácter indomable se suma su resistencia a contraer matrimonio. Este es el principal motivo de que la princesa conduzca a las más arriesgadas e imposibles de las aventuras a sus pretendientes, entre los que se encontrará el mismísimo emperador del Japón, que tampoco escapará del hechizo de la sublime belleza de la joven. Sin embargo, la extraordinaria naturaleza de la princesa Kaguya, que ya se prefigura desde el primer momento debido a las circunstancias de su extraordinario nacimiento (pues el leñador la encontró en el interior del tronco de un bambú cuando era tan diminuta que cabía en la palma de la mano), será la que determine la conclusión de la historia.

One Hundred Aspects of the Moon - Princess Kaguya by Tsukioka Yoshitoshi, 1888.

El cuento del cortador de bambú fue escrito con el silabario autóctono japonés kana, y no en chino —idioma de escritura habitual en los medios oficiales, tanto políticos como administrativos, de la época—, con un estilo sencillo y coloquial por sus abundantes diálogos, aunque se desconoce a ciencia cierta cuándo fue creada y por quién. En cuanto a la primera incógnita, se tiene constancia fehaciente de la existencia del Taketori monogatari en los inicios del siglo X gracias a que se hace mención al cuento en el Yamato monogatari, cita que permite ponerlo en relación con el emperador retirado Uda (867-931) y la celebración de una fiesta de contemplación de la Luna que tuvo lugar en el año 909. No obstante, existen también otras alusiones relacionadas con la actividad del monte Fuji  —que aparece al final del cuento— que podrían adelantar la fecha estimada de composición de la narración unos pocos años.

Emperador Uda

Por su parte, también la autoría de El cuento del cortador de bambú permanece envuelta en el misterio. Se han barajado varios nombres a quien atribuir la autoría del relato, entre los que pueden mencionarse Minamoto no Shitagō (911-983), el monje y poeta Henjō (816-890), algún miembro del clan Imbe, el poeta Ki no Haseo (845-912), e incluso también se ha especulado que pudiera tratarse de alguien perteneciente a alguna facción política opuesta al emperador Tenmu (631-686).

Minamoto no Shitagou

Sea como fuere, lo que resulta indiscutible es el carácter lúdico —aunque muy probablemente dirigido a un público culto— y el tono sarcástico que predomina a lo largo de todo el relato, cuyas raíces, sobre todo en cuanto a elementos fantásticos se refiere, se hunden en otras tradiciones folclóricas asiáticas.

Toyohara Chikanobu, Princess Kaguya - Collection of Mt. Fuji, 1891.

 

Referencias:

KEENE, D., Seeds in the Heart: Japanese Literature from Earliest Times to the Late Sixteenth Century, New York: Columbia University Press, 1999 (A History of Japanese Literature, Vol. I).

ANÓNIMO, El cuento del cortador de bambú, Valencia: Chidori Books, 2014.

 

La fundación de Heian-kyô, capital imperial

El año 784 fue decretado por el emperador Kanmu (737-806) el traslado de la capital desde Heijô (actual Nara), a Nagaoka, un poco más al norte. Como sucediera en su día en Heijô, ahora, una vez más se tomaría como modelo urbanístico el de la capital china Ch’ang-an, si bien el tamaño que alcanzaría la ciudad de Nagaoka sería el más grande conocido hasta la fecha en el País del Sol Naciente, como símbolo de la madurez nacional. De este modo, la elección de la ubicación de la ciudad y la construcción de los nuevos edificios se llevarían a cabo bajo la supervisión de Tanetsugu (737-785), hombre eficiente y miembro del clan Fujiwara.

Nagaoka-Kyô

La diligencia demostrada por Tanetsugu, no obstante, pronto le granjearía envidias y enemistades, entre ellas las de otras poderosas familias, recelosas del ascenso de los Fujiwata, y sobre todo, la del hermano del emperador, el príncipe coronado Sawara (750-785). Con el tiempo, comenzó a ganar peso cierto rumor que afirmaba que Tanetsugu había recibido el terreno donde debía erigirse la nueva capital de manos de una familia de origen chino a cambio de la promesa de futuros favores. El rumor no se sabe con seguridad si tenía fundamento, pero lo cierto es que poco después del traslado a la nueva capital (apenas un año), alguien se encargó de hacer desaparecer a Tanetsugu. Las sospechas de instigar el asesinato recayeron sobre las familias rivales (Ôtomo y Saeki), que habrían sido alentadas por el príncipe Sawara. Se persiguió a los culpables y algunos fueron ejecutados, pero la mayoría fueron condenados al exilio. Entre ellos, se hallaba el príncipe Sawara, que, tras pasar diez días encarcelado sin comida en el templo budista Otokuni-dera, partió hacia el exilio a la isla de Awaji. Mas nunca llegó a su destino, pues murió en el transcurso del viaje, quizás afectado por su mal estado físico o, tal vez, por orden oficial. En cualquier caso, desde entonces, las calamidades persiguieron al clan Fujiwara y a la familia imperial, que perdió a dos de sus emperatrices, al tiempo que no se encontraba remedio para la enfermedad que afectaba al príncipe coronado Ate. Los remordimientos por la muerte de su hermano menor también acuciaban al emperador Kanmu. Tan malhadada fortuna se achacó al espíritu del finado príncipe Sawara, que clamaba venganza por su muerte violenta. Los intentos por aplacar su espíritu se prolongaron durante mucho tiempo, hasta que cinco años después de su fallecimiento fue ascendido, a título póstumo, a emperador, con el nombre de Sudô. Corría ya por entonces el año 800.

Emperador Kanmu

La ejecución del príncipe Sawara, no obstante, tuvo unas consecuencias mucho más trascendentales, pues propició que la capital imperial fuera nuevamente trasladada, tan solo una década después de su establecimiento en Nagaoka. El emplazamiento elegido esta vez estaba ubicado a unos 16 kilómetros más al norte. Había sido descubierto de manera fortuita durante una partida de caza y, además, cumplía con todos los requisitos topográficos y estratégicos que establecían los cánones de la época. Aunque, sin duda, entre las principales razones se encontraba el imperioso deseo de huir del dañino influjo de los espíritus de Sawara y Tanetsugu.

Plano de Heian-kyô

Así, en el año 794 el emperador Kanmu promulgó el traslado a la nueva capital, bautizada como Heian-kyô: Ciudad de la Paz y la Tranquilidad. El apelativo escogido se consideró propicio, pues además de que pretendía inaugurar una nueva etapa alejada de los funestos acontecimientos que habían salpicado la breve existencia de Nagaoka, aunaba en su composición las sílabas de Heijô (Nara, primera capital y la más antigua de las ciudades japonesas, propiamente dichas), y Ch’ang-an, nombre de la capital de la China T’ang, tomada una vez más como modelo urbanístico. Heian-kyô, a su vez, daría nombre al período histórico que se prolongaría durante casi cuatro centurias, hasta 1185, y sería la capital imperial del Japón hasta la Restauración Meiji, fecha en la que se trasladaría la capitalidad imperial a Edo, metrópoli rebautizada como Tokio.

Fuentes:

Morris, I., El mundo del príncipe resplandeciente, Girona (España): Atalanta, 2007.

Sakamoto, T., The Six National Histories of Japan, Ed. Univerdity of Washington.

Fotografías:

Nagaoka-kyô: http://www.city.muko.kyoto.jp/gaiyo/naga-kyomiyako.html

Heian-kyô:

https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Heian-ky%C5%8D?uselang=ja

Emperador Kanmu:

(UnknownThe Japanese book “天皇一二四代 (Tennō hyakunijūyondai)”, in Bessatsu-Taiyo, Heibonsha, 1988) 

La Restauración Meiji

En los primeros años del siglo XIX Japón no había logrado vencer los síntomas de agotamiento del sistema de gobierno militar Tokugawa. A los factores internos (hambre y descontento social, dificultades económicas, endeudamiento de la clase samurái, etc.) ahora vendría a sumarse la presión ejercida desde el exterior. Rusia estaría entre las primeras potencias que intentarían romper el aislamiento de Japón al aproximarse a Hokkaidô. Por su parte, ya en 1808 el buque de guerra inglés Phaeton se había acercado al puerto de Nagasaki. Diez años después, en 1818, sería Edo el destino de otro navío británico que buscaba garantizar el abastecimiento de víveres y aguada para los balleneros de su nacionalidad que se acercaran a las costas japonesas. El Bakufu, sin embargo, se mostró reacio a cualquier concesión comercial, decretando en 1825 la expulsión de todo barco extranjero atracado en sus puertos (aunque sí que se transigió en la concesión de ayuda a los barcos extranjeros que la necesitaran).

Los balleneros estadounidenses, al igual que los británicos, también tenían interés en la pesca en las aguas próximas a Japón y en el abastecimiento de sus barcos en los puertos nipones. Como el envío de sendas misiones en 1837 y 1846 resultó del todo infructuoso para establecer tratos comerciales con el Japón, Estados Unidos resolvió utilizar medidas más intimidatorias para lograr sus objetivos. El 8 de julio de 1853 el comodoro Matthew C. Perry irrumpió en la bahía de Edo al mando de cuatro navíos de guerra. Perry era el portador de una carta del presidente norteamericano Fillmore en la que se reclamaba el derecho a entrar en los puertos japoneses, así como el establecimiento de relaciones comerciales entre los dos países. Tras hacer aceptar a la fuerza la carta de su presidente, Perry partió, anunciando su regreso al cabo de un año. Consciente el gobierno Tokugawa de la imposibilidad de hacer frente al ultimátum de Estados Unidos, se dispuso a pedir consejo a las altas esferas militares, así como al emperador, abriéndose de esta manera una primera puerta hacia la restauración de la autoridad política de la Casa Imperial.

El comodoro Perry, como había anunciado, regresó a comienzos de 1854, pero esta vez al mando de cuatro buques de guerra (“barcos negros”). El Bakufu no tuvo más remedio que claudicar ante sus exigencias. Por el Tratado de Kanagawa, firmado en ese mismo año de 1854, se autorizó a los barcos americanos a atracar en los puertos de Hakodate y Shimoda (ciudad en la que quedaría instalado un cónsul estadounidense), se prometió ayuda a los navíos que la solicitaran, a la vez que se reconoció a Estados Unidos como “nación más favorecida”. Inglaterra, Rusia y Francia no tardarían en firmar tratados similares con Japón, que de esta manera rompió el aislamiento (sakoku) en que había vivido por más de dos siglos. La apertura del Japón al mundo exterior, no obstante, trajo consigo la crisis política interna y la desintegración del Shogunato como sistema de gobierno a lo largo de un convulso período que ha dado en llamarse Bakumatsu, o fin del Bakufu.

En 1856 el estadounidense Townsend Harris era enviado por su gobierno para negociar un nuevo tratado comercial. Con el fin de convencer a los dirigentes militares reticentes al acuerdo se procedió a solicitar la opinión del emperador, aviniéndose a acatar su decisión, pues se esperaba que fuera favorable. Sin embargo, para sorpresa del Bakufu, el emperador, bajo la influencia de consejeros pro-aislacionistas, no dio el visto bueno al tratado. Con todo, a pesar de la negativa imperial, en julio de 1858, por iniciativa del consejero Ii Naosuke, se firmaba el Tratado de Amistad y Comercio entre Japón y Estados Unidos, por el que se concedieron a este último grandes prerrogativas: además de rebajar aranceles y de abrir cinco puertos al comercio exterior, desde 1862-63 en Edo y Ôsaka se permitiría la presencia de extranjeros, los cuales gozarían del privilegio de extraterritorialidad y de libertad de culto. Como en la ocasión anterior, Inglaterra, Francia, Rusia y Países Bajos seguirían los pasos de los americanos al firmar acuerdos similares con el gobierno nipón, que pese a consolidar así sus relaciones diplomáticas con occidente, habría de hacer frente a partir de ahora a las fuerzas pro-imperiales y anti-aperturistas que no aprobaban ni la actuación ni el gobierno del Shogunato.

Es en estos momentos cuando hicieron su aparición sentimientos de corte nacionalista apoyados en los conceptos de sonnô (“reverencia al emperador”) y jôi (“expulsar a los bárbaros”) que arraigaron especialmente en un abanico social que incluía a jóvenes samuráis y clases medias frustradas ante las perspectivas que ofrecía el Bakufu, “señores de fuera” (principalmente los de Chôshû, Satsuma y Tosa), pero también en Mitô, rama colateral de los Tokugawa. Algunos de estos descontentos, sin embargo, no se mostraban tan radicales en sus planteamientos, aceptando la ciencia occidental, que reconocían más adelantada.

Por su parte, el emperador Kômei finalmente se avino a aceptar la postura del Bakufu en una política que recibió el nombre de kôbugattai (“alianza de la corte con los militares”), sellada en 1862 con la boda de Kazunomiya, hija menor del emperador, con el shôgun Iemochi.

La reticencia de Chôshû y Satsuma a la política aperturista gubernamental condujo a que ambos atacaran a todos los barcos occidentales que se acercaran a sus costas en los años 1863 y 1864. Las represalias no tardaron en llegar, pues pocos días después tanto Chôshû como Satsuma (responsable de la muerte de un ciudadano británico en el llamado Incidente de Namamugi) tuvieron que soportar el cañoneo de las fuerzas occidentales. La lección fue aprendida de inmediato: Chôshû comenzó la modernización de su ejército, mientras que Satsuma haría lo propio con su marina. Pero en esos mismos años tenían lugar otros preocupantes sucesos. En agosto de 1863 extremistas Chôshû avanzaron hacia Kyôto, aunque fueron obligados a retroceder. Justo un año después, el clan Chôshû volvió a intentar una vez más entrar en la capital imperial, pero nuevamente fueron rechazados. En estas circunstancias el pacto kôbugattai comenzó a debilitarse, mientras los clanes Chôshû y Satsuma acabaron por aliarse en secreto a principios de 1866, algo que para el Shogunato resultaba tremendamente peligroso por la alta proporción de samuráis con que contaba Satsuma, que además era el segundo clan más numeroso.

El Bakufu se propuso desembarazarse de la molestia que le suponía el clan Chôshû, para lo cual puso en marcha contra él una campaña en el verano de 1866. La ofensiva, al no poder contar con el clan Satsuma, no sólo fue un fracaso, sino que además condujo a la muerte al shôgun Iemochi. Su sucesor, Tokugawa Keiki, dio la ofensiva por concluida.

Entre tanto, el emperador Kômei, a pesar de verse presionado por los consejeros más extremistas, se mantuvo firme en su negativa a despachar fuera de la corte a los consejeros partidarios de mantener la alianza con el gobierno militar. La muerte del emperador a finales de 1866 franqueó el camino para que los consejeros contrarios al shôgun pudieran desplegar su influencia sobre el nuevo emperador Meiji Mutsuhito (1867-1912), un joven de tan solo quince años. Los detractores del kôbugattai -Saigô Takamori (Satsuma), Ôkubo Toshimichi y Kido Kôin (Chôshû)- se unieron para presionar al emperador para que tomara medidas militares contra el Bakufu. Para evitar el derramamiento de sangre que supondría el uso de la fuerza, el clan Tosa intervino ante el Bakufu, logrando convencer al shôgun Tokugawa Keiki para que devolviera voluntariamente el poder político al emperador en noviembre de 1867, el cual, a principios de 1868 trasladó la residencia de la corte a Edo (a partir de ahora Tôkyô) dando así comienzo la Era Meiji y poniendo fin al largo gobierno militar que había conducido la vida del país durante siglos.

La transición definitiva hacia una nueva fórmula de gobierno y de sociedad no se llevaría sin sobresaltos, pues los decretos que se publicarían a partir de ahora iban a chocar con los usos arraigados durante generaciones en la conciencia de los japoneses. Todavía se declararían algunos levantamientos. Entre ellos, el más famoso es sin duda el protagonizado por Saigô Takamori de Satsuma en 1877. Su intención era llegar hasta Tôkyô. En su marcha hacia el norte se le fueron uniendo multitud de antiguos samuráis insatisfechos con los cambios y con las oscuras perspectivas que les aguardaban. El ejército de cuarenta y dos mil samuráis de Saigô fue frenado en su avance y vencido finalmente por el moderno ejército imperial compuesto por plebeyos. Ante la derrota y la humillación sufridas en la batalla de Shiroyama, Saigô decidió suicidarse haciéndose el seppuku. Moría así el último samurái.

A pesar de todas las dificultades y de las turbulencias internas desatadas por las reformas, no había marcha atrás. El gobierno Meiji acabó por consolidarse e introdujo a Japón de lleno en la era contemporánea.

Bibliografía

HANE, M.,  Breve historia de Japón, Madrid: Alianza Editorial, 2006.

KONDO, A. Y., Japón. Evolución histórica de un pueblo (hasta 1650), Hondarribia: Nerea, 1999.

MARTÍNEZ SHAW, C., Historia de Asia en la Edad Moderna, Madrid: Arco Libros, 1996.

PAREDES, J. (coord.), Historia Universal Contemporánea I. De las Revoluciones Liberales a la Primera Guerra Mundial, Barcelona: Ariel, 2004.

TURNBULL, Stephen, Samuráis: La historia de los grandes guerreros de Japón, Madrid: Libsa, 2006.

Ilustraciones y fotografías: Wikipedia, Wikimedia Commons.

 

 

 

La cultura durante el Bakufu Tokugawa

La era Genroku (1688-1704) marca el momento álgido de un floreciente período cultural que se extenderá a lo largo de todo el siglo XVIII y que se concentrará principalmente en los núcleos urbanos, sometidos a un constante y espectacular crecimiento durante el Bakufu Tokugawa. Los chônin (comerciantes y artesanos), protagonizarán esta eclosión cultural gracias a una holgada posición económica derivada de su trabajo y que contrastaría con los signos de crisis que empezaban a detectarse de manera evidente en la generalidad del país.

Tres ciudades destacarían por encima de todas: Kyôto, Ôsaka y Edo, en torno a las cuales crecerían barrios de placer, con sus burdeles, casas de té y salones de espectáculos, destinados a satisfacer los deseos hedonistas de esa clase acaudalada que gustaba de una vida suntuosa y libre de preocupaciones que dio en llamarse ukiyo (“mundo flotante”) y cuyas imágenes evocadoras quedarían inmortalizadas por los grandes maestros de xilografías ukiyoe que tan poderosa influencia ejercerían sobre los pintores impresionistas europeos.

A_Noble_Lady_Visiting_a_Shinto_Shrine_Utamaro

Entre estos relevantes artistas, el primero a destacar es Kitagawa Utamaro (1753-1806), extraordinario retratista de elegantes cortesanas y bellas mujeres sorprendidas en sus tareas cotidianas o compartiendo la intimidad en pareja, como bien queda reflejado en una de sus obras maestras, Doce horas en las casas verdes o en la colección de grabados eróticos publicado bajo el título El poema de la almohada.

Katsushika Hokusai (1760-1849) abarcó muchas temáticas, pero es conocido, sobre todo, por sus paisajes, siendo sus colecciones más renombradas Treinta y seis vistas del monte Fuji (a la que pertenece su estampa más famosa, Ola en alta mar en Kanagawa) y Cien vistas del Fujiyama.

Utagawa Hiroshige (1797-1858), que desarrolló su actividad en los últimos años del período Edo, consagraría su fama como paisajista con la colección Cincuenta y tres estaciones del Tôkaidô, aunque también son muy loables sus Lugares famosos de Kyôto o la serie Sesenta y nueve estaciones del Kisokaidô.

100_views_edo_040_Ermita_dedicada_a_Bashô_Hiroshige

Aunque hay que tener en cuenta que estos artistas no fueron los únicos, pues no se debe dejar de mencionar, entre otros, a Chôbunsai Eishi (1756-1829), a Suzuki Harunobu (1725-1770), a Isoda Koryûsai (que trabajó de 1765 a 1788), o a Tôshûsai Sharaku, quien se especializó en el retrato de actores kabuki.

Uno de los aspectos que más influyeron en la “democratización” de la cultura experimentada durante el período Edo  fue la amplia alfabetización existente entre las clases urbanas. Esta eclosión cultural, que se reflejó en todos los aspectos de la vida, es especialmente apreciable en el mundo del espectáculo y de las letras. Es el momento de la popularización del sumô y del teatro kabuki, cuyas representaciones atraían a grandes cantidades de espectadores.

Por su parte, el teatro de marionetas o jôruri gozó de especial aprecio entre las clases medias y bajas. Con antecedentes en el Nô, el teatro de títeres encontró a uno de sus más grandes creadores en el dramaturgo Mozaemon Chikamatsu (1653-1725). Nacido en el seno de una familia samurai, cabe suponer el escándalo que supondría el que uno de sus miembros decidiera dedicarse a la por entonces nada prestigiosa profesión de dramaturgo. Chikamatsu, que desarrolló su actividad en Kyôto y Ôsaka, aunque escribió obras para kabuki, destacó especialmente por la revolución que supuso en las artes escénicas del jôruri. En total, escribió más de treinta piezas para kabuki y aproximadamente un centenar para teatro de títeres, de los cuales la mayoría son piezas históricas, mientras que casi una cuarta parte pertenecen a la temática popular. Entre sus obras magistrales encontramos Los amantes suicidas de Amijima y la épica Las batallas de Coxinga.

Young_Lovers_Walking_Together_under_an_Umbrella_in_a_Snow_Storm_Suzuki_Harunobu

La narrativa también gozó de una gran popularidad. Uno de sus más brillantes autores será Ihara Saikaku (1642-1693), natural de Ôsaka. Gran observador de la sociedad que lo rodeaba, supo retratar con ingenio, soltura y grandes dosis de humor el erotismo de la sociedad licenciosa en que vivió, siendo el creador del estilo de novelas llamadas ukiyozôchi, “novelas del mundo flotante”, por estar inspiradas en los barrios de placer. Entre las obras más celebradas de Saikaku encontramos El hombre que pasó la vida enamorado y Cinco amantes apasionadas.

Aunque Ueda Akinari (1734-1809) también fue autor de obras ukiyozôchi de calidad, se le conoce principalmente por ser uno de los mejores autores de novelas de misterio y fantásticas de la literatura japonesa. Akinari, que fue adoptado por una familia de ascendencia samurai, sería comerciante, médico, sabio y erudito, pues toda su vida la dedicó al estudio, tanto de los clásicos chinos como japoneses, de los que era un gran conocedor, como bien puede apreciarse a lo largo de sus imaginativas narraciones, plagadas de referencias a los clásicos. Así mismo, además de emplear una prosa magistral en sus escritos, Akinari también despliega un humor característico, como el que le permite emplear pseudónimos en los que ironiza con las taras físicas que le dejó una enfermedad durante su infancia. Entre los ukiyozôchi más famosos de Akinari están sus primeras obras, en las que sigue los pasos de Saikaku: Cuentos mundanos sobre las diversas habilidades y Caracteres mundanos de las concubinas. Aunque hay que señalar que Akinari, como reflejo de sus inquietudes intelectuales, cultivó varios géneros literarios, entre sus historias fantásticas brilla con luz propia Cuentos de lluvia y de agua (Ugetsu monogatari), llevada al cine de forma magistral en 1953 por Mizoguchi Kenji.

La poesía japonesa vivió una época dorada durante los siglos XVII y XVIII. Aunque su nacimiento se produzca en el siglo anterior, será ahora cuando se desarrolle una nueva forma poética, el haikai, y lo hará gracias a uno de los más grandes poetas de todos los tiempos: Matsuo Bashô (1644-1694). Basho_by_Buson_01La estrofa inicial de la renga o estrofa encadenada recibía el nombre de hokku, el cual, cuando se convirtió en una estructura independiente, daría lugar al haiku de 17 sílabas. Sin embargo, debemos puntualizar algunos detalles. Si bien en ocasiones se confunden los términos de hokku y haikai, la diferencia radica en que el haikai es la estrofa encadenada libre que impuso la escuela de Bashô, cuya denominación moderna es haiku. Perteneciente también a la clase samurai por nacimiento, Bashô prefirió dedicarse a las letras antes que a las armas. Pronto reunió en torno suyo a un grupo de discípulos, seducidos por el estilo peculiar de su maestro. Bashô, influido profundamente por el Zen, siempre sostuvo que el haiku debía revelar sólo lo necesario, cuanto menos, mejor, dejando que la sugestión completara las evocadoras imágenes que, a base de pinceladas, permitían plasmar en el poema esa verdad captada en el instante. Entre las inmortales obras de Bashô se encuentra Senda de Oku, delicioso diario, intercalado de inolvidables poemas, que relata el cuarto de sus viajes, realizado poco antes de que la muerte lo sorprendiera.

Poco es lo que se sabe de Yosa Buson (1716-1783), el segundo de los grandes creadores de haiku. Más conocido por su actividad como pintor, del que se conservan algunas obras maestras como el Biombo de la Palma o Sotetsu, el joven Yosa Buson fue discípulo de Hayano Hajin, quien a su vez había tenido por maestro al gran Bashô. Más adelante fundaría una Asociación de Haiku compuesta por antiguos discípulos de Hayano Hajin y que recibiría el nombre de Sankasha. Pese al reconocimiento que recibió al ser nombrado sucesor de su maestro Hajin, su poesía cayó posteriormente en el olvido, no siendo redescubierto el refinamiento y belleza poéticos de Yosa Buson hasta mucho tiempo después.

En Kobayashi Issa (1763-1827) reconocemos al último de los grandes compositores de haiku del período Edo. La vida de Issa estuvo repleta de sinsabores que marcaron tanto su existencia como su obra. La primera desgracia que tuvo que afrontar fue la muerte de su madre a edad muy Kobayashi_Issa-Portraittemprana. Su padre contrajo segundas nupcias, y tanto su madrastra como su hermanastro le traerán nuevas dificultades, sobre todo de índole económica, pues los problemas en torno a la herencia de su padre (que no se resolverían hasta 1813) serán los principales responsables de que Issa se vea obligado a llegar una vida humilde, pese a que su familia gozara de una posición acomodada. La vida conyugal tampoco traerá una felicidad definitiva a pesar de sus tres matrimonios. Sólo en sus últimos años de vida parece que Issa logró algo de paz espiritual. Kobayashi Issa, como Yosa Buson, no gozaron de mucha popularidad en su época pese a la calidad de su producción. En los poemas de Issa, espontáneos y nada convencionales, quedan retenidos elementos muchas veces extraños a la tradición poética japonesa, tales como las personas menos favorecidas de la sociedad (con los que se identifica debido a sus circunstancias biográficas) o, incluso, elementos feos o desagradables, llegando a transmitir su peculiar manera de observar la naturaleza y el mundo que lo rodea un sentimiento de melancolía y nostalgia difícil de explicar pero tremendamente fácil de percibir a través de su lectura.

Finalmente, para concluir estas líneas dedicadas a la cultura del período Edo, mencionaremos brevemente el esplendor que alcanzaron las artes plásticas tradicionales, en las que se incluyen tanto la pintura cerámica, el lacado y las delicadas pinturas de biombos y paneles, en la que destacaron por su exquisitez tanto Ogata Kôrin (1658-1716) como Maruyama Ôkyo (1733-1795).

Maruyama_Okyo,_Cranes,_1772,_Los_Angeles_County_Museum_of_Art,

Bibliografía

BASHÔ, M., Senda hacia tierras hondas (Senda de Oku), Hiperión, Madrid, 2005.

BUSON, Y., Selección de jaikus, Madrid: Hiperión, 2005.

CHIKAMATSU, M., Los amantes de Amijima, Madrid: Trotta, 2000.

COLLCUT, Martin; JANSEN, Marius; KUMAKURA, Isao, Japón: el Imperio del Sol Naciente: Atlas culturales del mundo, vol. 2, Barcelona: Folio, 1995.

FAHR-BECKER, G. (ed.), Grabados japoneses, Munich: Taschen, 1999.

HANE, Mikiso,  Breve historia de Japón, Madrid: Alianza Editorial, 2006.

ISSA, K., Cincuenta haikus, Madrid: Hiperión, 1997.

KEENE, D., La literatura japonesa, México; Buenos Aires: Fondo de Cultura  Económica, 1956.

KONDO, Agustín Y., Japón. Evolución histórica de un pueblo (hasta 1650), Hondarribia: Nerea, 1999.

MARTÍNEZ SHAW, Carlos, Historia de Asia en la Edad Moderna, Madrid: Arco Libros, 1996.

SAIKAKU, I., Cinco amantes apasionadas, Madrid: Hiperión, 1993.

TURNBULL, Stephen, Samuráis: La historia de los grandes guerreros de Japón, Madrid: Libsa, 2006.

UEDA, A., Cuentos de lluvia y de luna, Madrid: Trotta, 2002, pp. 18-30.

Ilustraciones: Wikipedia, Wikimedia Commons, You Tube, Museo Nacional de Tokyo, The Metropolitan Museum of Art, The Los Angeles County Museum of Art.

Luces y sombras de la paz Tokugawa

Tokugawa Ieyasu había sido aliado de Oda Nobunaga. Aunque a la muerte de éste acató la autoridad de Toyotomi Hideyoshi, bajo cuyo gobierno ascendió en el escalafón político hasta colocarse al frente de los cinco máximos consejeros de su gobierno, la muerte de Toyotomi en 1598 marcó el comienzo de una nueva lucha por el poder, que quedaría sentenciada tras la victoria de Tokugawa Ieyasu en la batalla de Sekigahara (1600). Tres años después, en 1603, será nombrado shôgun por el emperador, a pesar de lo cual, los partidarios de Toyotomi Hideyori, hijo de Hideyoshi, no serían definitivamente derrotados hasta 1615, tras la batalla de Tennoji.

Edo_castle

Una de las primeras decisiones de Tokugawa Ieyasu como shôgun fue trasladar la capital del nuevo gobierno militar a Edo (actual Tôkyô), dentro de sus propios dominios, aunque conservó Kyôto como capital imperial. Una vez vencidos los daimyô partidarios de los Toyotomi, Tokugawa, además de desposeerlos de la mayoría de sus territorios, procedió a una redistribución de feudos, de tal manera que los familiares de Ieyasu y los clanes que habían estado desde antiguo vinculados a los Tokugawa (hudai-daimyô) y cuya fidelidad estaba fuera de toda duda, recibieron las provincias estratégicas más importantes y próximas al nuevo shôgun, mientras que a los daimyô que habían jurado fidelidad a Ieyasu tras Sekigahara (tozada-daimyô o advenedizos) les fueron adjudicadas las provincias más alejadas o bien se los mantuvo bajo control al concederles territorios entre los feudos que controlaban los familiares de Ieyasu, tanto las familias de sus tres hijos (go-sanke), como las de las ramas secundarias del clan (gokamon). En cualquier caso, Ieyasu, se reservó la suficiente tierra como para asegurar su poder económico, ya que la producción de los feudos patrimoniales del clan Tokugawa llegó a suponer un cuarto de la producción arrocera total del país, o lo que es lo mismo, entre 4.500.000 y 5.000.000 de koku.

Tokugawa_Ieyasu2

A pesar de que Ieyasu no retuvo para sí el título de shôgun más que dos años, pues en 1605 lo traspasó a su hijo Hidetada en señal de que a partir de ese momento el shogunato se transmitiría hereditariamente, no se apartó del poder hasta su muerte en 1616. Proclamada la paz general del país, los Tokugawa impusieron como doctrina oficial el confucianismo (según la versión de Zhu Xi) como medio de potenciar unos valores morales (piedad filial, obediencia a los superiores según la jerarquía establecida, lealtad, etc.) que facilitaran la sumisión al gobierno.

A lo largo de su vigencia, durante el Bakufu Edo (江戸時代, Edo jidai) se llevaron a cabo una serie de reformas que transformaron el país. La más relevante de todas, sin duda, fue la que condujo al completo aislamiento del Japón (sakoku), situación que se mantuvo hasta el siglo XIX y a la que se llegó de una forma paulatina: entre 1609 y 1612 se fueron restringiendo los negocios mercantiles de los daimyô; en 1624 se cortaron las relaciones con España; en 1635 quedó prohibido viajar al extranjero; en 1639 se expulsó a los traficantes portugueses; en 1641 sólo quedaban ya los comerciantes chinos y holandeses, que fueron los únicos que finalmente pudieron seguir negociando en Japón, aunque bajo severas condiciones, pues su actividad quedó restringida al puerto de Dejima, en Nagasaki.

Dutch-Japanese_trading_pass_1609

Dentro de la política aislacionista puesta en marcha se puede incluir la persecución anticristiana que, si bien ya había comenzado con anteriores gobernantes, sería en estos momentos cuando alcanzaría sus más altas cotas. En 1612-1613 Tokugawa Ieyasu tomó las primeras medidas prohibitivas tras descubrir que entre su séquito había cristianos, de los cuales se recelaba por suponerlos un peligro latente de insumisión al régimen. El sucesor de Ieyasu, su hijo Hidetada, reafirmó la prohibición del cristianismo en todo el país en 1616, haciéndose mucho hincapié en que los cristianos conversos apostataran de su fe. En 1623, tenía lugar en Nagasaki el llamado martirio de Genna, en el que fueron asesinados 55 misioneros y cristianos con sus familias. Posteriormente, la rebelión de Shimabara tendría lugar a lo largo de los años 1637-1638. Aunque comenzara por cuestiones ajenas a la religión, los campesinos de Shimabara y Amakusa (Kyûshû) sublevados contra el daimyô Matsukura Shigemasa fueron conducidos por un cristiano, el joven Amakusa Shirô (1621-1638). El tercer Shôgun Tokugawa, Iemitsu, ordenó el aplastamiento inmediato de la sublevación, convertida ya en una guerra religiosa y que se saldó con la muerte de 37.000 personas. Tras estos sucesos, que serían los últimos que perturbaran la paz del período, los cristianos que lograron salvar la vida hubieron de seguir practicando su fe en secreto.

ChristianMartyrsOfNagasaki

En el aspecto económico, durante el Bakufu Edo se estableció un nuevo sistema de explotación de la tierra. A partir de ahora todos los terrenos cultivables pasaban a ser propiedad del shôgun, que era quien los distribuía entre los grandes señores siguiendo el criterio que anteriormente se ha indicado. Los campesinos tributarían según un nuevo sistema fiscal basado en el catastro elaborado en tiempos de Toyotomi Hideyoshi y que exigía al agricultor una contribución única anual (kokudaka) que osciló, según la época, entre el 40 y el 50 % de los beneficios de las cosechas. Durante este período se prestará especial atención a la ampliación de la superficie de terreno cultivable y el fomento agrícola (estrechamente vinculado al incremento demográfico experimentado durante el siglo XVII), siendo especialmente destacable en este sentido la labor del shôgun Yoshimune, que al final de su mandato fue reconocido como “el shôgun del arroz” o “el gran restaurador del Bakufu”.

Tokugawa_Yoshimune

Además de contar con un gigantesco patrimonio territorial, el clan Tokugawa aseguró las bases económicas de su poder en el monopolio exclusivo de la explotación minera y acuñación monetaria, así como en el dominio directo de los principales núcleos comerciales, que gozaban de una economía pujante. Porque, contrariamente a lo que cabría haber esperado (al menos al principio), el aislamiento decretado por el shôgun favoreció los intercambios comerciales internos del país al obligar a las diferentes provincias a establecer vínculos económicos entre ellas, de tal modo que se produjo una revitalización de los contactos interregionales. Espectacular fue el desarrollo y crecimiento alcanzado por los núcleos urbanos de este período, ya fuera por razones mercantiles (como Ôsaka y toda la región de Kinki) o por razones burocráticas, caso de Kyôto o la propia capital, Edo, que de ser poco más que un pueblo cuando por primera vez se hizo cargo de ella Tokugawa Ieyasu por orden de Toyotomi, pasó a transformarse en una ciudad de cerca de un millón de habitantes a la altura del siglo XVIII. También alrededor de los castillos provinciales (restringidos por ley a una fortaleza por señor y provincia) continuaron creciendo los nuevos barrios, pues la estructura organizativa creada a nivel nacional se reproducía a escala en cada provincia, cuyas capitales se convirtieron en foco de atracción para artesanos, comerciantes y samuráis, que fijaron allí su residencia.

Al crecimiento de Edo contribuyó de forma indiscutible, el establecimiento por el shôgun del sistema de servicio alterno o sankin kôtai. Este servicio entraba dentro de las diferentes medidas tomadas por los Tokugawa que tenían por único objetivo garantizar la fidelidad de los daimyô y asegurar así el control absoluto de todas las fuerzas militares por el clan gobernante (ya que, pese a la paz decretada, los samuráis continuaban en servicio). El sankin kôtai consistía en la obligación de todos los daimyô a mantener una residencia en Edo (yashiki), en donde debían permanecer siempre, en calidad de rehenes, la esposa e hijos de los daimyô. Éstos debían partir a sus respectivas provincias para el gobierno de sus feudos y sólo en años alternos podían disfrutar de sus familias. El traslado a la capital (y el regreso a las provincias) se realizaba con gran boato por los señores feudales, los cuales debían hacer alarde de su riqueza de manera acorde con su rango, lo que quedaba reflejado en la espectacularidad de los séquitos que los acompañaban. Por la misma razón, la vida en la capital comenzó a requerir la exhibición de artículos de lujo, con lo que los militares se transformaron en consumidores de mercancías suntuosas. Las únicas excepciones al sistema de sankin kotai las encontramos en los daimyô encargados de enclaves estratégicos que necesitaban medidas defensivas o de vigilancia especiales. Eran los casos del daimyô So, a cargo de la isla de Tsushima (entre Japón y Corea), y del clan Matsumae, bajo cuyo gobierno se encontraba el norte de Hokkaidô.

View of Edo_Folding_Screen_Right_17thCentury

Estas nuevas exigencias sociales de la clase militar trajeron como consecuencia su progresivo endeudamiento pues, para mantener el ritmo de vida que llevaban, se vieron obligados a recurrir al préstamo. Otro factor que condujo a esta situación fue la prohibición que pesaba sobre la casta militar para dedicarse a otra actividad que no fuera la castrense, por lo que su economía se redujo a los sueldos en koku de arroz que tenían estipulados y que cada vez se devaluaban más. Los estipendios en koku de arroz variaban mucho según la categoría del samurai, llegando a ser abismal la diferencia entre la cantidad recibida con un samurai de clase alta y la percibida por uno de clase baja (la categoría inferior venía a suponer alrededor del 30 % del total de la casta guerrera, que al final de la era Tokugawa rondaba los 1.800.000 samuráis).

La decisión de apartar a los samuráis (bushi) de toda otra actividad que no fuera la exclusivamente militar (en épocas anteriores sí que habían podido dedicarse a actividades agrícolas en tiempos de paz) vino a consumar el encasillamiento de la sociedad en cuatro clases ya dictaminadas por Hideyoshi y que alcanzarían su máxima expresión bajo el régimen Tokugawa. El orden social impuesto bajo el Bakufu Edo (denominado mibunsei: samuráis, campesinos, artesanos y comerciantes) estaba directamente inspirado por la división de clases del confucianismo chino, con la sola diferencia de que los samuráis ocupaban el lugar de los eruditos confucianos. Además, a partir de ahora, la categoría social vendría definida por el nacimiento, convirtiéndose así en hereditaria. A parte de esta clasificación y de la sociedad quedaban los parias (hinin, eta).

Kisokaido_Nihonbashi_Hiroshige

A la altura del siglo XVIII el sistema Tokugawa ya comenzaba a mostrar los primeros signos de estancamiento. Si durante el XVII se conoció un espectacular crecimiento de la población, el censo realizado en 1721, que dio un total de treinta millones de habitantes, parece que supone la cifra máxima de población que la economía podía sostener, pues a partir de este momento, la demografía permanecerá estable, denotando un estancamiento que se mantendrá en lo sucesivo (salvo en períodos de hambrunas, en los que la población descendía vertiginosamente, como sucedió en la década de 1780, a lo largo de la cual murieron un millón de personas). Del mismo modo, la política de roturación de nuevas tierras se verá frenada durante el siglo XVIII, apareciendo pronto los primeros síntomas del descontento del campesinado, azotado por las hambrunas y los impuestos. Era en estos tiempos de hambre generalizada cuando más proliferaban los disturbios, pudiendo destacarse tres períodos: 1732-33, 1783-87 y 1833-36. Los motines de hambre se cebarían en las corporaciones de comerciantes (que monopolizaban los circuitos arroceros, incluidas las distintas fases de producción y comercialización), tiendas de arroz y casas de empeño, siendo acusados de usura y de especular con el grano. Especialmente graves fueron los motines de Edo de 1787, en el que la ciudad fue saqueada durante tres días, y el de Ôsaka de 1837, en el que una quinta parte de la ciudad fue destruida por el fuego. Las revueltas, por descontado, eran sofocadas sin miramiento. A pesar de ello, el gobierno Tokugawa, consciente del descontento, intentó aplicar medidas que lo remediaran, aunque, invariablemente, no solucionaron el problema de fondo.

Keicho_gold_coinage_Oban_Koban_Ichibuban_1601_1695A pesar de que la clase de los comerciantes y artesanos (chônin) estaban en la base de la pirámide social, económicamente eran el sector más pujante debido a que hacer dinero era su dedicación exclusiva. Concentrados en las ciudades, cuya población alcanzó en torno a los 3 o 4 millones de habitantes en el siglo XVIII, y con una holgada posición económica que contrastaba con la decadencia general, se convirtieron en los protagonistas indiscutibles de la nueva cultura urbana Tokugawa, cuyo período de máximo esplendor se halla en la era Genroku (1688-1704) y que se prolonga a lo largo de todo el XVIII en lo que podríamos llamar un auténtico “siglo de las luces”, en palabras de Carlos Martínez Shaw.

Bibliografía

COLLCUT, Martin; JANSEN, Marius; KUMAKURA, Isao, Japón: el Imperio del Sol Naciente: Atlas culturales del mundo, vol. 2, Barcelona: Folio, 1995.

HANE, Mikiso,  Breve historia de Japón, Madrid: Alianza Editorial, 2006.

KONDO, Agustín Y., Japón. Evolución histórica de un pueblo (hasta 1650), Hondarribia: Nerea, 1999.

MARTÍNEZ SHAW, Carlos, Historia de Asia en la Edad Moderna, Madrid: Arco Libros, 1996.

TURNBULL, Stephen, Samuráis: La historia de los grandes guerreros de Japón, Madrid: Libsa, 2006.

Ilustraciones: Wikipedia, Wikimedia Commons, National Museum of Japanese History.

 

Azuchi-Momoyama: un período de transición

Sin que hubiera terminado todavía el Período de Estados Combatientes (Sengoku Jidai, 1467-1576), que habría de marcar el final del Bakufu Ashikaga, comenzaría el incremento de importancia de la familia Oda, que en un principio no era de las más relevantes del país. No obstante, su ascenso se produciría a partir del siglo XVI, cuando se hizo cargo de la provincia de Owari, su lugar de origen, concedida por el más poderoso clan Shiga.

Oda_Nobunaga-Portrait_by_Giovanni_NIcolaoCuando en 1551 el joven Oda Nobunaga heredó el feudo familiar llevó a cabo una serie de afortunadas alianzas, entre las que destaca la sellada con el vecino clan de los Tokugawa, señores de Mikawa. Desde que en 1560 Nobunaga venciera a Imagawa Yoshimoto, señor de Suruga, sus conquistas y victorias se hicieron imparables, lo que le permitió avanzar hacia Kyôto, ciudad a donde entró en 1568, deponiendo al shôgun Ashikaga Yoshihide y restaurando a continuación la posición de la Casa Imperial, cuya situación había sido muy precaria. Cinco años después de su entrada en Kyôto, en 1573, Oda Nobunaga ponía fin al Shogunato Ashikaga al deponer a su último shôgun, Yoshiaki, y se declaraba dainagon (consejero imperial), abriendo el período de transición Azuchi-Momoyama (安土桃山時代, Azuchi Momoyama Jidai, 1573-1615), que recibe su nombre de los castillos de los grandes señores de la época: Nobunaga (castillo de Azuchi) y Hideyoshi (castillo de Fushimi-Momoyama).

Castillo_Azuchi

Oda Nobunaga se mostró implacable con sus enemigos, incluidos los templos budistas, que fueron neutralizados a lo largo de la década de 1570. Entre los opositores a Nobunaga se encontraba el clan Takeda, cuya caballería, que gozaba del mayor de los prestigios, sufrió una aplastante derrota en 1575 en la batalla de Nagashino, al ser incapaz de hacer frente a las descargas controladas de los 3000 arcabuceros de Nobunaga, con los que quedarían de relieve las dotes innovadoras de este brillante militar.

Battle_of_Nagashino

Como consecuencia de sus campañas, en unos treinta años, Oda Nobunaga consiguió dominar un tercio de la isla principal de Honshû, incluyendo las provincias más importantes desde el punto de vista económico y político. Los únicos territorios que escapaban a su control eran los dominios de los clanes Môri y Hôjô.

Para asegurar la sumisión de todos los señores feudales Oda procedió a tomar una serie de medidas: además de conceder a sus vasallos más fieles las provincias estratégicas más importantes, decidió una reasignación de feudos para separar a todos los señores de sus respectivos dominios tradicionales en los que contaban con vínculos potencialmente peligrosos; emitió el edicto “Único castillo en un distrito” (Ikkokuichijô), por el que sólo se permitía a cada señor la posesión de un castillo en cada territorio; finalmente, la “Ley de requisición de armas” (Katanagari), como su nombre indica, pretendía limitar la capacidad armamentística de sus opositores.

Japon_Azuchimomoyama

Por otra parte, Oda Nobunaga se mostró muy inclinado a impulsar la economía, para lo cual impuso censos catastrales (sin hacer excepción ni con los nobles ni con los monasterios), estabilizó y saneó la moneda (aunque no llegó a acuñar una nueva moneda única), dictó una serie de reformas liberalizadoras (como la abolición de aduanas y privilegios gremiales para estimular el comercio y la artesanía) y promovió el fomento de los intercambios comerciales interregionales (para lo que, además, se mejoraron las comunicaciones). Sin embargo, procuró mantener bajo su control directo las ciudades más prósperas, como Sakai.

Nobunaga, además, hizo alarde de una mente extraordinariamente abierta hacia todo lo que venía del exterior. Ya se ha mencionado su asimilación de las nuevas armas introducidas por los europeos. La misma actitud mostró hacia los misioneros cristianos, a los que les permitió evangelizar en Japón y edificar seminarios e iglesias, llegando a contabilizarse hasta doscientos templos cristianos hacia el año 1580, según fuentes jesuitas.

Akechi_MituhideNo obstante, Nobunaga no pudo llegar a contemplar la unificación del Japón por él anhelada, pues en 1582 fue asesinado a traición por uno de sus generales, Akechi Mitsuhide. Hideyoshi, brillante general de Nobunaga que había sido enviado por éste hacia Chûgoku como avanzada para el sometimiento del clan Môri, al conocer la noticia de la muerte de Oda, regresó apresuradamente a Kyôto.

Hideyoshi, tras vencer al traidor en la batalla de Yamazaki y darle muerte, se sintió legitimado para continuar la labor de Nobunaga, por lo que decidió asumir el poder bajo el título de taikô o regente. Hideyoshi, a quien le fue concedido el apellido Toyotomi (“enriquecedor del pueblo”) por el Emperador, acabó ascendiendo a los más altos cargos políticos gracias a que logró completar la unificación y pacificación del Japón.

Toyotomi, aprovechando las bases heredadas de Nobunaga, afianzó su posición reforzando los resortes fiscales, administrativos, militares (destaca la construcción del impresionante castillo de Ôsaka) y financieros (control de los principales y más prósperos enclaves del centro de Honshû y de los recursos aportados por sus amplios dominios patrimoniales). Logró acabar con los últimos vestigios de los antiguos señoríos cortesanos medievales, con la consiguiente supremacía absoluta de los señoríos militares (favorecidos aún más si cabe por la desaparición de las clases intermedias que hacían posible unos vínculos de vasallaje más estrechos entre los daimyô y los agricultores). Destacan también otras dos medidas tomadas por Toyotomi. La primera de ellas, la orden de 1588 por la que se procedía a la confiscación de todas las armas que poseyeran todos aquellos que no fueran militares. La segunda disposición vendría en 1591 y, por ella, la sociedad quedaría dividida en cuatro categorías: militares (en la cúspide), agricultores, artesanos y comerciantes. Quedaba así fijada la jerarquía social para los siguientes trescientos años, pues hasta después de la Restauración Meiji no sería modificada.

Toyotomi_Hideyoshi

A pesar de que Hideyoshi siguió los pasos de Oda en lo tocante al fomento de las actividades comerciales, no procedió de igual modo en cuanto a los cristianos, pues consideraba que, debido a su fe, podían poner por delante su sumisión a Dios antes que a las autoridades terrenales. Ya en 1587 prohibió la difusión del cristianismo y ordenó la expulsión de los misioneros, aunque no fue ejecutada de inmediato. Dos años después arremetió contra la Compañía de Jesús. En 1596, al sospechar que los franciscanos (que habían llegado a Japón en 1593) podían traer consigo un intento de imponer la soberanía española a Japón, Hideyoshi ordenó la crucifixión de más de una veintena de cristianos, entre los que se hallaban tanto misioneros como conversos japoneses. En todo caso, esta política anticristiana continuaría bajo los Tokugawa.

WakouLandingColor_Desembarco_Japones_en_Corea

Lograda la unificación de Japón, Hideyoshi se propuso extender su dominio a tierras continentales, para lo cual en 1592 envió un primer contingente militar a Corea. Lo que en principio pareció un favorable comienzo para las tropas niponas (se logró la conquista de Seúl a los escasos veinte días de desembarco), pronto se convirtió en un auténtico descalabro militar, pues los ejércitos japoneses no pudieron hacer frente a las guerrillas coreanas ni a las tropas chinas que habían sido enviadas en apoyo de Corea. La mayor derrota japonesa ocurrió en aguas de Hansando y se debió al almirante coreano Yi Sun-sin. Ante el resultado adverso del intento de conquista, Hideyoshi se inclinó por la firma de una tregua, pero siendo interpretadas como humillantes las condiciones de paz enviadas por China en 1596, al año siguiente, Toyotomi puso en marcha una nueva campaña de invasión de Corea, la cual no obtuvo mejores resultados que la primera. Esta segunda expedición de 1597 tuvo una breve duración, pues al año siguiente, al conocerse la muerte de Hideyoshi, las tropas japonesas se retiraron de Corea, poniendo así fin al sufrimiento y grandes penalidades que estas guerras trajeron a los tres países implicados.

Shogun_Tokugawa Ieyasu_Utagawa_Yoshistora_1873En efecto, en 1598 moría Toyotomi Hideyoshi, dejando el poder a su hijo Hideyori (1593-1615), niño de corta edad, cuya tutoría se encomendó a Tokugawa Ieyasu, que estaba al frente del Consejo de los Cinco Ancianos. Esta circunstancia no impidió que se desatara una encarnizada lucha por el poder que enfrentó al bando del este de Tokugawa contra el bando del oeste, partidario de Toyotomi. La guerra civil quedó zanjada el 21 de octubre de 1600 en la batalla de Sekigahara. El resultado de la batalla, que comenzó al despuntar el día envuelta en una espesa niebla que impidió el uso de la artillería Tokugawa, no quedó claro hasta que el daimyô Kobayakawa Hideaki se pasó al bando de Ieyasu. Con esta victoria decisiva, Tokugawa no tuvo grandes problemas para forzar su nombramiento como nuevo Shôgun por el emperador Goyôzei en 1603 y aplastar al resto de opositores. Nada logró la rebelión de Toyotomi Hideyori en 1614, acantonado en el castillo de Ôsaka. La revuelta acabaría un año después, tras la batalla de Tennoji, y supondría el verdadero comienzo del Shogunato Tokugawa (1615-1867).

800px-Sekigaharascreen

Bibliografía

HANE, Mikiso,  Breve historia de Japón, Madrid: Alianza Editorial, 2006.

KONDO, Agustín Y., Japón. Evolución histórica de un pueblo (hasta 1650), Hondarribia: Nerea, 1999.

MARTÍNEZ SHAW, Carlos, Historia de Asia en la Edad Moderna, Madrid: Arco Libros, 1996.

TURNBULL, Stephen, Samuráis: La historia de los grandes guerreros de Japón, Madrid: Libsa, 2006.

Ilustraciones: Wikipedia, Wikimedia Commons, Art Gallery of Greater Victoria.